Augas Santas, el bosque de los druidas

Fran Zabaleta
Fotografía: Pío García

Te voy a contar un cuento que te va a atrapar. Uno de esos cuentos que encienden la imaginación y hacen soñar con tiempos muy lejanos, con un mundo de bosques infinitos y pequeñas aldeas perdidas. En el cuento hay malos malísimos y buenos valerosos, por supuesto, y también pruebas imposibles, criptas misteriosas, una joven inocente, hechos mágicos y un final que te mantendrá en vilo de pura emoción. Un cuento como tantos otros cuentos clásicos, salvo que este, según aseguran muchos, sucedió de verdad.

Todo comenzó aquí, en algún lugar de este bosque que parece arrancado de alguna ilustración de las páginas de un libro infantil. Nos hallamos en las afueras de Augas Santas, una pequeña localidad enclavada en el corazón de Galicia, a solo seis kilómetros de la ourensana Allariz.

Sata Marita de Aguas Santas Allariz

Hace dos mil años, en esta tierra vivían gentes que mantenían una relación muy especial con la naturaleza, de la que se sentían parte indisoluble: rendían culto a las piedras, los árboles y las aguas. Un lugar llamado Augas Santas, como este en el que nos encontramos, solo puede ser un antiguo lugar de culto celta dedicado a alguna diosa de las aguas y sometido a reconversión urgente por parte de los cristianos.

Este es el castro de Armea, un conjunto de gran valor arqueológico e histórico que nos permite ver cómo evolucionaron los poblados celtas tras la conquista romana.

Castro de Armea

Castro de Armea Santa Marita de Aguas Santas Allariz

En la parte alta, en los conocidos como «outeiro dos poldros» y «outeiro dos pendóns», se hallaba el castro prerromano. Aquí vivía un pueblo que se dedicaba a la agricultura, la caza, la recolección de frutos silvestres y, probablemente, también a la metalurgia. Un pueblo sencillo y olvidado y, sin embargo, todavía presente a través de sus restos y de sus rituales, algunos de los cuales han atravesado el vacío de los siglos hasta alcanzarnos.

En la parte baja se encuentra el segundo núcleo de población, el poblado galaico romano da Atalaia de Armea. Se trata de un espacio amplio, con calles pavimentadas, casas cuadradas, red de saneamiento, canales de evacuación de aguas, casas de dos pisos, pórticos, columnas…

Castro de Armea Santa Marita de Aguas Santas Allariz

En algún lugar de este poblado vivía hacia el año 138 o 139 la protagonista de nuestro cuento, una joven de quince años que se llamaba Mariña y era todo lo hermosa que debe ser la protagonista de un cuento. Dicen que era hija de un moro, algo que a esas alturas del milenio resulta harto difícil, pues faltaban cinco siglos para que los musulmanes hicieran su aparición en la historia. Claro que hay otra opción, y muy sugerente: ¿y si en realidad no era hija de un moro, sino de un mouro? Los mouros, en Galicia, no tienen nada que ver con los musulmanes. Se trata de un pueblo misterioso, hoy escondido bajo tierra pero que hace siglos dominaban la tierra. Son los constructores de los castros y las mámoas, los artífices de los petroglifos. Son «el pueblo de antes», hoy reconvertido por obra y gracia de la imaginación en seres mágicos guardianes de tesoros. Que el padre de Mariña fuera un mouro, quizá un druida celta, tiene muchísimo más sentido en esta historia…

Atalaia de Armea Allariz

Pero no nos adelantemos.

Mariña quedó huérfana de madre muy pronto, por lo que el padre le pidió a una vecina que la criase. Esta era cristiana, así que bautizó a la criatura a escondidas y la introdujo en los cultos de los cristianos, que por entonces eran una secta marginal.

En algún lugar de estas espesuras, entre prados y carballos, se encontraba Mariña un día trabajando como pastora cuando se la encontró un romano, nada menos que el gobernador de la zona, que se llamaba Olibrio y que es, por si no lo has adivinado ya, el malo de este cuento. Olibrio quedó prendado de la chiquilla nada más verla y se propuso hacerla suya.

Para convencerla, le prometió una vida de placeres y comodidades que la Mariña ni siquiera alcanzaba a imaginar. Pero esta se negó en redondo y le pidió que la dejara en paz. Olibrio, fuera de sí, decidió domar a aquella muchacha que se atrevía a resistírsele.

Mansio de Olibrio

Mansio de Olibrio Allariz

Olibrio pronto descubrió que Mariña era cristiana, una secta por entonces perseguida porque se negaban a adorar al emperador, y decidió que aquella era una excusa tan buena como cualquier otra para hacerla suya. Le exigió que renunciara a su fe y, cuando Mariña se negó, ordenó que la llevaran a su mansión.

En esta mansio habría vivido Olibrio si esto fuera algo más que un cuento. Ya, ahora no parece gran cosa, pero en su momento debió de ser una sólida construcción romana, vivienda y cuartel a un tiempo, en la que residía el gobernador.

El caso es que a aquí o a algún lugar similar fue traída la Mariña de nuestro cuento. Primero, Olibrio la encerró en los calabozos, pero como la joven seguía negándose a enamorarse de él, o a abjurar de su fe, o a ambas cosas, mandó azotarla para que entrara en razón.

Basílica de la Ascensión

Basílica de la Ascensión Allariz

Pero Mariña se mantuvo en sus trece. Olibrio mandó colgarla de unos garfios, herirla con peines de hierro… Nada. No cedía. Desesperado, el romano decidió que si no era suya, no sería de nadie: la condenó a morir abrasada en un horno próximo para que no quedasen de ella ni los restos.

Hoy, en el lugar en el que se emplazaba ese horno se hayan los restos de una construcción inconclusa: esta basílica de la Ascensión cuya construcción fue iniciada, dicen, por los mismísimos templarios, con un propósito claro: cristianizar este lugar, que para ellos tenía un desagradable tufillo a paganismo.

Y no les faltaba razón, porque aquel horno en el que Olibrio quería matar a Mariña era en verdad una antigua sauna celta, un lugar en el que se celebraban ritos de paso, situado en las afueras del castro de Armea, hoy convertido en cripta y que se oculta bajo el suelo de la basílica.

Basílica de la Ascensión Allariz

La planta de la cripta está dividida en tres partes. Pese a que se erigió posteriormente un altar, todavía se pueden rastrear sin dificultad sus primitivos usos. Al fondo, en un recinto circular con una cúpula, se hallaba el horno. La sala adyacente sería el espacio de la sauna, propiamente dicho. Aquí, los jóvenes celebrarían su paso a la madurez y renacerían simbólicamente al pasar a través de la pedra formosa, una gran puerta de piedra con una abertura y toscas bichas, serpientes o dragones esculpidos en sus laterales que nos remite al vientre materno. Se cree que la piedra formosa simboliza la vagina, la madre, la diosa fecundadora del universo. Al atravesar la abertura, el iniciado renace a su nueva vida convertido en guerrero.

Basílica de la Ascensión Allariz

Hasta aquí trajo Olibrio a Mariña para quemarla en el horno. Pero entonces se produjo el milagro: el dios de los cristianos envió a san Pedro a rescatar a Mariña. Este se apresuró lo que pudo, pero llegó cuando la chiquilla ya estaba chamuscada. La cogió por el pelo, que asombrosamente no se había quemado, y se la llevó en volandas a través de un pequeño agujero de ventilación.

Tras liberarla, san Pedro debió de quedarse muy preocupado por el estado de Mariña, así que la trajo hasta aquí, hasta la llamada piouca da santa, una pila que estaba llena de agua, posiblemente un antiguo lagar de aceite, y la puso al remojo para que se le aliviaran los ardores. Hoy, esta piouca es objeto de devoción. Dicen que el agua de estas dos pías nunca se agota y que es milagrosa, buena para la vista, los dolores de muela y el reuma…

Pero sigamos con nuestra historia. Cuando Olibrio se enteró de la liberación de la joven, estalló en furia y decidió dar un feroz escarmiento, para que nadie osase dudar del poder de Roma: ordenó que le cortaran la cabeza.

Santa Mariña de Augas Santas

Augas Santas Allariz

La ejecución se llevó a cabo en algún lugar de la pequeña y apacible localidad que hoy es el pueblo de Augas Santas.

El verdugo hizo su trabajo y, al caer al suelo, la cabeza de la pobre Mariña rebotó tres veces. Y entonces se produjo el prodigio: en el lugar de cada rebote manó una fuente. Tres fuentes, las tres de aguas milagrosas, capaces de curar todo tipo de enfermedades y de expulsar a los malos espíritus.

Tres fuentes mágicas, qué casualidad, en el lugar en el que antes se adoraba a diosas de las aguas. Tres fuentes que muy probablemente llevaban siglos siendo veneradas por los lugareños, gentes que se resistían a abandonar sus prácticas paganas. Gracias a la historia de Mariña, convertida en santa y mártir, esas gentes pudieron seguir adorando las mismas fuentes y a la misma diosa de las aguas. Bastó con que a partir de ese momento la llamaran santa Mariña en vez de Navea, Deva o como quiera que la llamasen antes. Un estupendo ardid para traer al corral del cristianismo a tanto pagano suelto.

Fuente Augas Santas Allariz
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Mariña fue enterrada en el lugar en el que hoy se alza una iglesia de gran tamaño, la iglesia, claro, de Santa Mariña de Augas Santas, y que parece casi desproporcionada para tan pequeño pueblo. Probablemente, iglesia y localidad surgieron y crecieron alrededor de la tumba y las fuentes a medida que la fama de estas aguas y de la joven Mariña se extendía.

Iglesia de Santa Mariña de Augas Santas

Nada más entrar en el templo sorprende el tamaño, el espacio de planta basilical, la airosa sensación que transmite la nave principal, cubierta por un hermoso artesonado de madera que se apoya sobre arcos fajones y rematada por tres ábsides semicirculares. Los elevados pilares de la nave principal sostienen una arquería sobre la que se apoya un triforio falso, como si sus arquitectos hubieran cambiado de opinión en mitad de la construcción. Los triforios son característicos de iglesias de peregrinación. De hecho, en el de Santiago, sobre las naves laterales, dormían los peregrinos. Aquí no llegó a concluirse, quien sabe por qué.

Iglesia de Santa Mariña de Augas Santas Allarid

En medio de la nave lateral derecha se alza un templete barroco, recientemente restaurado y repleto de imágenes de vírgenes, ángeles y santos, que alberga el sepulcro de Mariña: una simple losa de piedra blanca en el suelo. En su interior, si queremos hacer caso de los que así lo aseguran, se hayan los restos de una joven pastora de quince años que fue brutalmente asesinada hace casi dos mil años por defender su fe. O su honra. O ambas cosas, tal vez.

Y este es el cuento que te quería contar. Cuento, leyenda o historia, qué más da: un relato que atrapa la imaginación en una tierra que rezuma belleza, una excusa magnífica para acercarse hasta aquí, para recorrer los escenarios del relato e imaginar cómo sería la vida de nuestros antepasados. Todavía hoy, dos mil años después, asombra el intenso hechizo de este bosque intemporal, de cuyo suelo brotan fuentes y arroyos que sortean gigantescos bolos de granito de formas caprichosas. Un lugar para pasear y sentir el latido de la tierra mientras los ojos se llenan de recuperada serenidad.

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