Los secretos de la catedral de Santiago

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Cuando conocí a la escritora portuguesa Fausta Cardoso, me contó que cada viaje a Santiago de Compostela era diferente, único, que la ciudad nunca era igual dos veces. Yo le sonreí, no podía estar más de acuerdo. Entonces recalcó que esta visión estaba marcada por cómo llegabas a la catedral.

Catedral de Santiago

No pude evitar darle vueltas y vueltas a esa idea y mi cabeza me llevó a cada momento en el que fui por algo especial: en la excursión del colegio, después de hacer parte del Camino Portugués en el instituto; mis noches universitarias, buscando naves espaciales escondidas en la fachada principal; los conciertos, las chimeneas y los árboles que se ven desde los techos de la catedral; los encuentros inesperados, la luz de la Berenguela encendida como un faro en tierra… ¡Entonces me di cuenta de que la catedral conocía la mitad de mi vida! Tuve que ir a visitarla.

Como tantas tardes, bien en verano comiendo un helado bien en invierno con unas castañas, apoyé mi espalda en su espalda mientras me sentaba en las escaleras de la Praza da Quintana.

—¿Qué historia quieres que te cuente hoy, niña? —me preguntó. Siempre me llama niña, debe de ser por su avanzada edad. 

—Háblame de los habitantes de esta plaza —le pedí. 

La catedral echó una de esas carcajadas que salen del campanario y resuenan cada quince minutos sobre toda la ciudad. 

Puerta Santa Catedral de Santiago

—Hay quienes esperan y esperan a cruzar la puerta santa para ser perdonados. Conozco cada uno de sus males, cada una de sus penas y esperanzas porque quien atraviesa esa puerta se descubre ante mí, hayan hecho un camino largo o un camino corto. Hay quienes cruzan corriendo la plaza, sin verme, ensimismados con las prisas de su día a día; pero yo siempre los veo, siempre lo he hecho a lo largo del tiempo y lo seguiré haciendo mientras quede una piedra de mi cuerpo. 

Unas personas han convertido estas escaleras en parte de su hogar, otras las usan como un momento de respiro y hay quienes tenían pensado descansar eternamente junto a mí. ¡Cómo cambian las cosas! ¿No crees? Nunca habría imaginado que se llevarían a mis muertos de la Quintana. Pero hay un fantasma al que no han podido sacar de aquí.  

Catedral de Santiago

La miro arqueando las cejas, no sé si creer en fantasmas… aunque las últimas luces del día me llevan al rincón donde el monje lee. La catedral parece leer mi pensamiento, igual que lo hizo durante años con esos estudiantes que, temerosos, con fe, o con temor y fe, llevaban un chichón del santo dos croques para que este les ayudara con sus estudios. Aunque un día, con mucho secreto, la catedral me confesó que en realidad era ella quién aprendía a través de sus pensamientos lo que se enseñaba en cada época. Pero esa es otra historia.

Catedral de Santiago
Catedral de Santiago

—¡No es un monje! Es una monja del convento de San Paio de Alteares. Cada noche se escapa para leerme un cuento, una leyenda… Siempre viene oliendo a los dulces que cocinan entre sus paredes. —Entonces pienso en que la catedral huele a incienso y al sudor de los largos viajes; a la humedad que desborda Santiago y a las velas prendidas para pedir favores o recordar personas.

San Paio de Alteares Santiago

Pero no tardo en prestarle atención porque ya me está contando otro de sus secretos—. Antes llegaba a mí por los túneles, esos que no existen, que unen el convento con mis entrañas, pero prefirió atravesar la plaza para disfrutar de las noches claras y oscuras. Si no fuera porque la siento desaparecer al salir el sol, diría que se ha quedado atrapada entre mis piedras.

Catedral de Santiago

No me parece un mal lugar para quedar atrapada. Estoy convencida de que la roca de la catedral, su piel, recoge el brillo de la vía láctea y hasta la luna se refleja en ella sonrojándola, al fin y al cabo se ha dejado moldear, acariciar de forma románica, neoclásica, renacentista, barroca… adaptándose a las manos que la han perfilado del papel al mundo. 

Catedral de Santiago

Me levanto y decido bordearla. Veo su nuevo rostro restaurado, limpio, como si los años se resistieran a pasar por ella. Sin embargo, le cuesta despojarse de la vegetación, del musgo que la recubre de una segunda piel, como una vestimenta imposible de quitar. Es una parte intrínseca de su ser. 

Catedral de Santiago Platerias

Dejo atrás el sonido del jazz que inunda el espacio desde Quintana a Praterías hasta llegar a su rostro, reconocido en gran parte del planeta. Nunca dejará de sorprenderme la capacidad que tiene esta señora de piedra de colocarnos en un mapa. Desde el Obradoiro la observo. Imponente, altiva, dispuesta a comerse el mundo. Me guiña el ojo mientras me cuenta, murmurando bajo el sonido de una gaita, que hay quienes dicen que está enterrado Santiago, hay quienes dicen que es un demonio. 

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Catedral de Santiago

—Y solo yo lo sé… Yo y quien tiene fe —y vuelve a reír mientras pasan las horas. ¡Siempre tan misteriosa! Seguro que lo hace porque sabe que nos sobrevivirá a todos. O porque es una cuestión de en qué quieres creer.

Catedral de Santiago

Dejo atrás el arco de la catedral y decido entrar por la puerta de San Martiño Pinario. Entonces viene la paz. Quizás sea debida a que su corazón está hecho de tumba, quizás sea esa alma construida de metas cumplidas, autoconocimiento, esperanza… de quienes entran. Enciendo una vela. Su humo se pierde entre alientos, susurros y oraciones. Y de nuevo me alcanza el pasado, pero le abre la puerta al futuro. Quizás este sea el mayor secreto de la catedral de Santiago, más allá de planos escondidos bajo sus faldas, huesos, riquezas o miserias. 

Catedral de Santiago

Quizás su mayor secreto esté en ese abrazo que te da si entras con la mente y el corazón abierto, dejando atrás el monumento para conocer al ser vivo que en realidad es.

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