El cañón de Añisclo

El cañón de Añisclo, un reportaje con texto de  Marcos González Penín y fotografía de Pío García

Cuando te encuentres en Huesca, vagando por el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, no cometas el error de conformarte con su valle más conocido. Porque sí, puede que Ordesa y su famosa cola de caballo sean el corazón de este paraíso de montaña declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. 

Pero si pensamos en Ordesa como el corazón del parque, entonces el cañón de Añisclo será cuanto menos su arteria carótida, un río singular que se abre paso con fuerza entre las rocas pirenaicas, un camino oculto que dio refugio a un santo eremita, una ruta de piedra y agua que no puedes pasar por alto. 

Bajando hacia el cañón

Según me acerco al cañón de Añisclo, la carretera va perdiendo grosor hasta convertirse en una fina serpiente que zigzaguea dudosa entre escarpadas paredes de piedra caliza, en una intrusa de asfalto que sufre para adentrarse en un territorio donde la agreste naturaleza es dueña y señora absoluta del paisaje. 

Las montañas me rodean, se ciernen sobre mí amenazando con engullirme por completo. Cuando por fin abandono el vehículo experimento una intensa sensación de pequeñez ante los ciclópeos muros de roca que en todas direcciones se alzan orgullosos, elevándose hacia un cielo que hoy me regala un azul intenso, ofreciendo un vivo contraste con los tonos grises de las piedras y la verde vegetación que las cubre. 

El puente de entrada

Me doy cuenta de que, como un turista recién llegado a Manhattan, no he bajado la mirada de las alturas desde que he bajado del coche. Pero cuando por fin lo hago mis ojos no se detienen en el suelo que piso, sino que siguen descendiendo hasta presentarme el hermoso curso del río Bellos. 

Unos cuarenta metros bajo mis pies discurre plácidamente una pequeña cinta de agua, que en un primer vistazo podría parecer atrapada por las cumbres que la cercan. Nada más lejos de la realidad. Esta fina corriente es la que ha conseguido domar la roca con el paso de los años, abriéndose paso a través de ella y formando el angosto cañón en el que ahora me encuentro, una estrecha pero profunda hendidura en el seno de las montañas. 

Una grieta que de hecho me sería imposible traspasar si no fuera por un estrecho puente de piedra de un solo arco, que desde hace siglos granjea el paso a los caminantes. Se trata del puente de san Urbez, construido con una rústica mampostería que lo integra perfectamente con el paisaje, casi como si su antiguo arquitecto no hubiese querido importunar demasiado a las paredes de roca. 

El cañón de Añisclo: la cueva del ermitaño

Porque lo que de lejos podría pasar por una cara más de la montaña en realidad esconde un secreto: un muro demasiado recto, unas piedras demasiado cuadradas, unas aberturas perfectas que difícilmente podrían ser obra de la naturaleza…. 

Me encuentro ante la ermita rupestre de san Urbez, un templo perfectamente integrado en la pared de la montaña, poco más que un muro de cierre delimitando la oquedad natural donde en su día supuestamente se resguardaba el santo pastor, viviendo en soledad y harmonía con su entorno e impresionando a los lugareños con su sabiduría y sus milagros. 

De hecho, todavía se conserva en el altar la gran losa de piedra que en teoría sirvió de lecho al ermitaño, presidiendo el lugar de veneración al que durante siglos acudieron los habitantes de los pueblos circundantes para pedir lluvia en tiempos de sequía. 

El cañón de Añisclo: La montaña que acompaña

Hoy en día la ermita solo se puede visitar en fechas señaladas, aunque confieso que tampoco me importa demasiado. Tras las obligadas paradas en el puente y la ermita, soy libre para lanzarme a recorrer esta arteria de montaña, a seguir pegado a la empinada pared de roca el camino que acompaña al río en su curso. 

El sendero es hermoso en sí mismo. Me conduce a través del cañón, abriéndose paso como puede entre la roca y la vegetación que por momentos le obliga a estrecharse, aunque siempre mantiene una anchura suficiente para un paseo cómodo. 

Me permite caminar tranquilo, apartar los ojos del camino y dejar vagar la vista por los alrededores. Cuando las paredes del cañón se estrechan, observo las erosionadas formas de las rocas y las plantas endémicas. Cuando se ensanchan, me maravillo con las escarpadas laderas y los majestuosos picos que se intuyen a lo lejos.

El agua que marca el camino

Aunque quizás el mayor atractivo de la ruta sea el agua, el cambiante río Bellos que acompaña mis pasos. Empezó siendo un fino curso de agua constante, pero pronto comienza a sorprenderme con una sucesión de pequeñas pozas, desniveles y saltos de agua. 

En un momento dado, detiene mis pasos una hermosa laguna de tonalidades verdosas, cuyas aguas parecen reflejar los colores de los árboles circundantes. En otro punto, las aguas adquieren un limpio color turquesa tras cubrir un pequeño salto de agua… 

Aunque sin duda la joya del patrimonio acuático de Añisclo la encuentro en la cascada de Aso. No es especialmente grande o caudalosa. Pero su forma sorprende a todo aquel que se la cruza, con el agua cayendo con fuerza desde varias direcciones, reuniéndose de nuevo unos metros más abajo y generando una imagen verdaderamente única. 

La ruta por delante

Ermitas, puentes, cascadas… Me doy cuenta de que me está resultando difícil avanzar hacia el interior del cañón, cada poco aparece una nueva maravilla reclamando mi atención y la de mi cámara. 

Me quedan diez quilómetros por delante. A mi alrededor, las paredes de roca. Al fondo, los picos de Monte Perdido.  Creo que por una vez voy a guardar la cámara. Me apetece quedarme a solas con la montaña. 

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