El Miño, un río de encuentros

El Miño un río de encuentros

Fran Zabaleta
Dirección y fotografía: Pío García

El Miño. Mucho más que un río, incrustado en el imaginario colectivo de los gallegos. El padre Miño, símbolo de la verde Galicia, cuna de leyendas, fecundador de pastos, huertas y viñedos, fuente de vida y frontera entre países hermanos.

Un momento. ¿Frontera?

Hay veces en que la realidad se oculta detrás de las palabras. O, mejor dicho, ocasiones en que las palabras intentan atrapar realidades que las desbordan. Sobre el papel, en sus últimos 76 kilómetros el Miño se hace frontera de agua: la raia húmida, la línea que divide Galicia de Portugal. Pero el agua rara vez separa: el agua, sobre todo el agua de un río, nutre y fertiliza, y por eso la raia húmida es mucho más que una frontera: es un espacio de convivencia e intercambio con personalidad propia, una feliz simbiosis de entendimiento mutuo que ha parido una peculiar manera de ser, de estar en el mundo, de vivir. 

Nuestro viaje por la raia húmida comienza en el embalse de Frieira, que separa los ayuntamientos de Padrenda en Ourense y Crecente en Pontevedra. Este es el punto en el que el río se convierte en frontera. Desde este lugar, por la margen derecha se suceden ocho ayuntamientos gallegos: Crecente, Arbo, As Neves, Salvaterra, Tui, Tomiño, O Rosal y A Guarda; por la margen izquierda, son cinco las cámaras municipales portuguesas hasta el mar: Melgaço, Monçao, Valença de Miño; Vilanova de Cerveira e Caminha. Ocho ayuntamientos y cinco cámaras que conforman un espacio con paisaje, cultura, creencias, historia, formas de vida, costumbres, lengua y personalidad propias.

Mucho antes de que el Miño fuera frontera, estas tierras ya compartían una misma identidad. Lo muestra la gran abundancia de grabados rupestres que jalonan ambas márgenes del río, como los de Taboexa-Laxe da Coutada en As Neves o los de la Senhora da Açunsao en Monçao: tanto en estos como en los muchos diseminados por la ribera se repiten los mismos temas, las mismas figuras, mensajes todavía indescifrados de un tiempo en que estas tierras eran una.

La misma identidad común se aprecia en los castros: poca diferencia hay, salvo quizá en tamaño y emplazamiento, entre el castro de Sao Caetano en Monçao o el de Santa Trega en A Guarda, ambos memoria de un tiempo en que las gentes vivían de la agricultura, de la caza y de la pesca, hábiles artesanos y orfebres de gustos y tendencias similares…  

Pero la historia acabó dividiendo estas tierras hermanas. A partir de la independencia de Portugal, la necesidad de los poderosos de asegurar sus dominios llenó de torres y fortalezas una ribera hasta entonces pacífica. Todavía hoy se mantienen en pie un puñado de ellas, orgullosas y atemporales, como la torre de Fornelos en Crecente, la cercana torre del castillo de Melgaço, en Portugal o la impresionante torre de Lapela, en Monçao, que se alza 35 metros sobre el nivel del río y que fue erigida allá por el siglo XIV. 

Todavía quedaba un gran enfrentamiento entre hermanos que iba a dejar honda huella en la raia húmida. Fue la Guerra de Restauración portuguesa, en el siglo XVII, cuando Portugal, que había permanecido ochenta años bajo la corona de Castilla, reclamó una vez más su independencia.

El enfrentamiento tuvo gran actividad en estas tierras y la llenó de fortalezas y plazas fuertes, en muchos casos castillos medievales reconvertidos, como la impresionante fortificación de Valença do Minho, de traza poligonal y con cinco kilómetros de perímetro amurallado plagado de baluartes, fosos y revellines, o las fortalezas de Monçao, de planta poligonal abaluartada, y Vilanova da Cerveira.

Todas ellas enfrentadas a construcciones defensivas similares del lado gallego, como el fuerte de San Lourenzo de Goian, frente a Vilanova da Cerveira, el castillo de Salvaterra, frente a Monçao o el castillo de Santa Cruz, en A Guarda, frente a la Caminha portuguesa.

Más allá de enfrentamientos entre reinos y señores, las relaciones entre ambas orillas fueron siempre muy intensas, hasta el punto de que conformaron un mismo universo cultural y económico.

Prueba indudable de ello son las pesqueiras, ingeniosas construcciones de piedra, algunas de origen romano, que se utilizaban para pescar una criatura muy especial: la lamprea, un extraño pez prehistórico, una rareza de tiempos antediluvianos muy apreciada por los paladares exquisitos. 

Las pesqueiras solo son una parte de esa economía compartida. Y es que ambas márgenes del Miño son tierras fecundas para el cultivo de la vid.

Comparten las mismas castas de uva, en especial las muy apreciadas uvas albariña, loureiro y treixadura, que por el lado gallego dan lugar a los excelentes caldos blancos de la D. O. Rías Baixas y en el lado portugués al afamado vinho verde, un vino leve y fresco, afrutado y con algo de aguja. +

La raia húmida siempre ha sido un territorio de intensa actividad «extraoficial», el escenario de los esfuerzos de las gentes por sobrevivir, especialmente en épocas de extrema dureza como las de la posguerra. A Portugal, a través de esta frontera de agua, íbamos a buscar artículos tan diversos como café, azúcar, bacalao, cobre, combustible, medicinas o jabón.

Los intercambios se realizaban en alguna de las numerosas islas del Miño, territorios siempre de incierta jurisdicción, libres del ojo atento de los guardiñas portugueses y de los guardiaciviles gallegos.

Sin embargo, la verdadera medida de la identidad compartida no descansa en la economía, sino en una misma visión del mundo, en un imaginario común. Salta a la vista esa misma identidad en dos manifestaciones religiosas únicas, los cruceiros y los petos de ánimas, o nichos das alminhas, como se las denomina en Portugal. 

Las ánimas, las alminhas de los muertos, creemos por estas latitudes, nos rodean. Por eso poblamos de cruceiros las encrucijadas de caminos, para que las almas no se pierdan y encuentren su camino al más allá. Algunos son verdaderas obras maestras de artesanos locales, como el de la parroquia de San Pedro de Forcadela, en Tomiño, de 1690, o el de la iglesia de Bens, en Caminha, Portugal.

Similar origen tienen los petos de ánimas, que abundan en los caminos, en las iglesias e, incluso, en medio de las aldeas y las villas, como el de la casa Cruceiro, en Arbo: son pequeños templetes destinados a rezar por las ánimas que están en el Purgatorio y para dejarles limosnas, para que paguen por sus pecados cuanto antes y puedan ir al cielo cristiano. 

Dos países, un río, un mismo territorio. A vista de pájaro, ¿quién podría imaginar que estas aguas fecundadoras esconden una línea imaginaria que llamamos frontera? Desde lo alto del monte Santa Tegra, otero privilegiado de la raia húmida, con Camposancos y Caminha a los pies, con la asombrosa Ínsua de roca, sal y arena en su desembocadura, salta a la vista lo evidente: que la raia húmida, lejos de ser frontera, es espacio común, punto de unión entre dos pueblos hermanos que comparten historia, lengua, paisaje, formas de vida, lengua y creencias.

Aquí, en la raia húmida, se pone de manifiesto que, contra toda razón, hay fronteras que unen.  

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