Escapadas a la nieve: la estación de San Isidro

Marcos González Penín
Fotografía: Pío García

Llevábamos tiempo sin vernos, la nieve y yo. Demasiado. Trabajo, compromisos familiares, una pequeña lesión de rodilla… Parecía que el mundo conspiraba para mantenerme alejado de mi querida montaña. Por eso cuando mi compañero de trabajo Sergio me propuso un fin de semana en la estación de San Isidro no lo dudé ni un instante. Mi rodilla ya está suficientemente recuperada. Necesito reencontrarme con la nieve, y qué mejor lugar para hacerlo que la estación de esquí más grande del noroeste peninsular. ¡Qué mejor lugar que San Isidro!

La estación de San Isidro Leon

Viaje y ascenso a Cebolledo

La estación de San Isidro se encuentra en plena cornisa cantábrica, entre los valles del Alto Porma y del Alto Curueño, justo en la frontera de León con la vecina Asturias. Son cinco horitas de coche desde Vigo, que me vienen de lujo para conocer a mis acompañantes, amigos de Sergio que no había visto en mi vida. La buena noticia es que son majos, la no tan buena que la mayoría de ellos solo han esquiado una vez. Me doy cuenta de que en mi prisa por reencontrarme con la montaña he cambiado a mi grupo habitual de veteranos por una cuadrilla de novatos. 

La estación de San Isidro Leon

¡Pero no pasa nada! Me consuelo a mí mismo pensando que San Isidro tiene pistas para todos los públicos, desde principiantes a expertos avezados, al tiempo que ajusto mis expectativas para el fin de semana. No importa si en esta ocasión me toca descartar grandes aventuras y quedarme en las pistas sencillas, seguro que el entorno y la compañía compensan la adrenalina perdida.

 Al menos hemos madrugado bastante, lo suficiente como para llegar a la base de San Isidro antes del mediodía. Así que nos cambiamos y nos dirigimos directamente a la estación del telesilla, la puerta de enlace con el universo blanco que tanto he echado de menos. Mis compañeros suben nerviosos, inseguros ante la bajada que les espera. Yo voy tranquilo, con la seguridad que aporta la experiencia. 

La estación de San Isidro Leon

Pero en el momento en el que llegamos a la cima todos sentimos lo mismo. Por muchas montañas que ascienda, por muchos paisajes nevados que contemple, la inmensidad de la roca y la nieve nunca dejarán de sobrecogerme como el primer día. Hemos llegado a la zona alta de Cebolledo, centro neurálgico de la estación, entre las zonas circundantes de Requejines y Riopinos.

La estación de San Isidro Leon

El primer descenso

Superada la impresión inicial, viene un momento delicado, hay que decidir cuál será la primera bajada de la jornada. No nos faltan opciones, San Isidro cuenta con 31 pistas de esquí alpino, clasificadas según su dificultad en 6 verdes, 8 azules, 13 rojas y 4 negras, todas entre los 1500 y los 2000 metros de altura. 

La estación de San Isidro Leon

Yo procuro mantenerme aparte en la decisión, aceptando la pista azul por la que finalmente se decanta el grupo. Y como nadie parece demasiado inclinado a abrir la marcha, hago un gesto de despedida y me lanzo. Es una pista larga, ancha, sin sorpresas, con una pendiente bastante menor de lo que estoy acostumbrado. No hay cambios de rasante ni grandes dificultades, no tengo que preocuparme por mantenerme encima de los esquís, así que me relajo y me centro en mi entorno, disfrutando de la estampa nevada que se desliza ante mis ojos. 

La estación de San Isidro Leon

Es suficiente para recuperar parte de las sensaciones que venía buscando. Pero solo parte. Llego abajo y espero a mis compañeros, que si bien no han ido demasiado rápido al menos han conseguido mantenerse de una pieza. Les felicito, doy algún consejo puntual, pero de paso también procuro meter algo de prisa para encaminarnos de nuevo hacia el telesilla. Esta primera bajada solo me ha abierto el apetito, no veo el momento de lanzarme de nuevo.

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Una comida y una fuga

Pero mis compañeros tienen otros planes. En cuanto llegamos arriba de nuevo un par de ellos se dirigen al bar, mientras que otros clavan los esquís en el suelo y se sientan en la nieve, sacando los bocadillos en una clara declaración de intenciones. Pronto se unen los demás, no me queda otra que acompañarles en el pícnic. 

La estación de San Isidro Leon

Hay que reconocer que se está bien aquí sentado, recuperando fuerzas en la cima del mundo. Hace un día magnífico, el sol se refleja en la nieve subiendo las temperaturas y haciendo que algunos valientes se atrevan a quedarse en manga corta. Pronto acabamos de comer, pero la charla se mantiene animada, nadie parece tener prisa por levantarse. 

La compañía es agradable, pero finalmente me puede la impaciencia. Me acerco a Sergio y le aviso de que me voy por mi cuenta a dar una vuelta, que volveré en un ratito. Y él, que algo me conoce, se limita a dedicarme una mirada de “ya estabas tardando” y me despide con un profético “nos vemos para cenar”.

La estación de San Isidro Leon

Sin más, me alejo del grupo y me adentro en la montaña. Según me alejo del telesilla la densidad de esquiadores disminuye, permitiendo que me envuelva la quietud de la montaña. A mi alrededor, la nieve se extiende hasta donde alcanza la vista, como una constante infinita solo rota en ocasiones por algunos resistentes matorrales que reclaman su cuota de protagonismo en el paisaje. 

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El gran descenso

El camino me lleva hasta Requejines, la zona más alta de San Isidro, con cotas de entre 1800 y 2100 metros. Por fin ha llegado el momento que estaba esperando. Escojo una pista roja y me lanzo. Aquí el descenso es más pronunciado, me permite coger velocidad, dejar la mente en blanco, permitir que se funda con la montaña. Mis piernas responden, la vieja técnica no se ha olvidado. Me siento en plena forma, así que cuando el camino se divide no me lo pienso y tomo el ramal negro, que anuncia la bajada más compleja. 

La estación de San Isidro Leon

La nueva pista se llama El Silencio y desde luego hace honor a su nombre. La dificultad del trazado hace que seamos pocos los que la tomamos. De vez en cuando me adelanta algún veterano, pero en general lo único que escucho son mis propios esquís rasgando la nieve. Hay estrechamientos en la pista, cambios de nivel, retos inesperados. Me exige concentración, pone a prueba mis habilidades. Pero la sensación es maravillosa. Por un momento me acuerdo de mis compañeros, me pregunto si seguirán sentados o ya se habrán aventurado en un nuevo descenso. Pero no me planteo volver con ellos por el momento, en realidad parece que Sergio tenía razón y no nos veremos hasta la noche. Yo ya tengo lo que quería. Me he reencontrado con la nieve. 

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