La ruta de las pasarelas del río Vero

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Tras varios días de senderismo por los Pirineos, era hora de regresar a Galicia. Sin embargo, habíamos adquirido una pequeña adicción a caminar que nos impedía volver directamente. Estábamos cansados, ¿para qué negarlo?, por lo que buscábamos una caminata sencilla. Nos habían hablado de que en Alquézar, en Huesca, había una ruta de cuatro kilómetros hecha de pasarelas y caminos de tierra a la orilla del río Vero. Además, circular: comienza y termina en la villa. Esta ruta nos ofrecía baños, un paisaje espectacular y algún que otro (pequeño, porque hasta los niños la hacen) riesgo. No lo pensamos dos veces.

Colegiata de Santa María la Mayor-Alquezar-Huesca

Después de dar el obligado paseo turístico por la villa de Alquézar nos encontramos con las señales que indicaban el comienzo de la ruta de las Pasarelas del río Vero. Junto al ayuntamiento, debajo de la colegiata de Santa María la Mayor, compramos el ticket por cuatro euros. Teníamos la opción de hacerlo por Internet, pero estando allí aprovechamos para informarnos sobre las características de la ruta.

La ruta de las pasarelas del río Vero Alquezar Huesca

Debatimos si poner o no casco. Recomendaban llevarlo por si se desprendía alguna de las piedrecillas de las grandes paredes rocosas que custodian el Vero. Creo que fue Juan quien soltó ese «malo será» tan de nuestra tierra. He de reconocer que me sorprendió, porque todos conocemos su habilidad para resbalar. Al final, a pesar del calor, optamos por alquilar uno cada uno. 

Por el barranco de la Fuente

Comenzamos el descenso por el barranco de la Fuente sobre unas pasarelas de madera. Parecían resbaladizas, pero como el día estaba seco, no hubo ningún tropiezo. Levanté mis ojos de los pies justo en el momento en el que Marta le señalaba a Carlos la cima de las paredes.

La ruta de las pasarelas del río Vero Alquezar Huesca
La ruta de las pasarelas del río Vero Alquezar Huesca

—¿Has visto esas cuevas? Tendríamos que haber preguntado por la opción de barranquismo. Seguro que podríamos meternos dentro…

A veces nos olvidamos de que la gran pasión de Marta es todo tipo de escalada. De reojo pude ver cómo Juan suspiraba aliviado. Contuve la risa: me lo imaginaba perfectamente balanceándose colgado de la cuerda porque el apoyo, por arte de magia, había desaparecido.

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Las pasarelas se terminaron y tuvimos que descender por un terreno un poco escarpado. Aunque calzábamos botas de montañas, resbalamos. No fue una sorpresa cuando Juan se cayó. Nada serio, solo unas piedras que misteriosamente se habían evaporado, unas risas y un salto como si no hubiera pasado nada. De hecho, se puso a señalar las vegetación que nos rodeaba hasta que encontró otra excusa mejor para que dejáramos de reír.

La cueva de Picamartillo

Para desviar nuestra atención, Juan propuso alejarnos un poco de la ruta, unos metros escasos. Carlos parecía entusiasmado. Dijo algo sobre películas de piratas y bandidos de tierra que escondían sus robos en grutas llenas de trampas.

Quizás fue por ese arranque de imaginación, que nadie se opuso a ir hacia la cueva de Picamartillo. El río Vero había erosionado tanto la piedra que había construido, él solo, ese espacio. Nos quitamos las botas y, con ellas en la mano, dejamos que las aguas heladas del río nos mojaran los pies mientras curioseábamos. Las paredes eran una mezcla de rugosidad y lisura, pura artesanía de la naturaleza. 

—Mirad lo que ha hecho un río en apariencia tan pequeño…

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Salimos de la cueva con cuidado de no golpearnos la cabeza.

Aún no había mucha gente bañándose, por lo que estábamos tranquilos, en calma, con un silencio que solo era roto por las aves.

—¡Mirad! Es un águila real —Marta no quitaba los ojos del cielo. Todos sabíamos qué buscaba: un buitre leonado o un quebrantahuesos. Fue una lástima, no tuvimos la suerte de poder verlos.

Para consolarnos de esa pequeña decepción, decidimos darnos un refrescante baño antes de continuar. Habíamos visto que durante la ruta nos encontraríamos pozas en las que podíamos bañarnos, por lo que llevábamos el bañador en nuestras mochilas. No éramos los únicos con esa idea, pues poco a poco fue llegando más gente.
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Las pasarelas

Deshicimos lo andado y regresamos a la ruta de las pasarelas. Ascendimos un poco, sin separarnos del cauce del río Vero. Desde la altura bordeábamos sus aguas turquesas. Oí a Juan suspirar.

—Creo que con los años estoy cogiendo algo de vértigo.

Miré hacia abajo. No pude evitar que me diera algo de pena. No deja de ser sorprendente que alguien a quien siempre le gustaron las alturas las acabe temiendo.  Me di la vuelta y lo animé.

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—Tranquilo, que solo habrá dos metros de caída. 

—Centímetro arriba, centímetro abajo.

Todos nos reímos porque sabíamos que era mentira. Tan distraído estaba mirando el agua que me despisté y me rocé el brazo con la pared. Nada grave. Creo que me incomodaba más el casco, pues notaba unas gotas deslizarse por mi cara. Delante vi que algunos de mis compañeros, con disimulo, se habían desprendido de él y ahora colgaba en la mochila.

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El azud 

Llegamos a una cascada, la habían construido para aprovechar el cauce del río independientemente de su caudal. Habíamos leído que este azud era el responsable de poner en movimiento, allá por la Edad Media, un molino de harina. Luego el molino se transformó en una central hidroeléctrica que ya hace tiempo que no se usa. La historia se fue puliendo igual que el río Vero pulió las paredes.

Miré hacia abajo y saqué algunas fotos. Cuando  me dispuse a buscar a mis amigos, algunos ya no estaban. Entonces vi una cabeza desaparecer entre la pasarela.

—Menos mal que tiene vértigo… 

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Y claro, los seguí. Hacía calor, notaba el casco pegado a la cabeza por lo que supongo que a nadie podría extrañarle que escuchara una voz que dijera «Ven… ven… Olvídate del baño de antes… No estoy tan frío». Por supuesto que no me creí eso de «No estoy tan frío». Aunque no hubiera probado antes las aguas del Vero, quien se haya bañado al menos una vez en un río nunca caerá en esa trampa. Carlos y Juan tocaban el agua con la puntita del pie y movían la cabeza de un lado a otro, como intentando convencerse. 

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Como había ambiente, dejamos todas las cosas amontonadas en una esquina rocosa, nos quitamos la ropa y, finalmente, fuimos hacia el río. Marta no disimuló el frío, Carlos quiso entrar de puntillas y Juan lo hizo con determinación. Yo fui también en la punta de los pies, pero sin dudar. La verdad es que agradecimos ese momento refrescante. 

El túnel y las pasarelas

Después de dejar que el agua se escurriera y que el sol nos secara un poco, decidimos seguir adelante. De repente, empecé a ver cómo los cascos volvían a las cabezas. Nos íbamos agachando: había que atravesar un pequeño túnel erosionado en la piedra que amenazaba con dejarnos algún arañazo más.

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El agua no parecía tener mucha prisa, nosotros tampoco. Volvimos a las pasarelas. Ya no eran de madera, sino de metal. Las rocas comenzaron a hacerse más grandes a nuestro lado. Me pregunté si nuestros pasos resonarían entre ellas, pero el bullicio y las risas absorbían cualquier otro sonido.

Llegamos a lo que podría ser el final de la ruta. Después de debatir un poco, decidimos, de nuevo, alargar la ruta un poco más. Así que comenzamos a ascender en fila india. Subíamos cada vez más alto, sobre las copas de los árboles.

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—¿Ahora también son dos metros?

—Centímetro arriba, centímetro abajo. 

Aunque Juan sonrió, vi cómo se agarraba a la cuerda de la pasarela. Caminaba sin mirar a los lados y, de vez en cuando, se paraba para ver lo que había debajo de nuestros pies y descubrir la vegetación que Carlos le mostraba.

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El mirador del río Vero

Finalmente alcanzamos el mirador del río Vero y nos detuvimos a ver cómo se alzaba Alquézar sobre el barranco. Marta señalaba a otras personas que, como hormigas, también hacían la ruta. Con esas vistas de telón de fondo nos encontrábamos en una nueva encrucijada: regresar por el camino natural de Somontano de Barbastro o bajar al río. Un tercer baño nos pareció buena idea. 

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Después de unos minutos buscando dónde dejar nuestras cosas, pues de nuevo nuestra idea no era muy original, encontramos una poza relativamente tranquila. El río había sido dividido y el molino nos observaba impasible, a la sombra. Se conservaba bastante bien, a pesar de que hacía tiempo que ya no se usaba, ni para moler harina, ni para generar energía. 

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Nos dedicamos a flotar mientras pensábamos en todas las cosas que nos quedaban por ver, porque en Alquézar hay varias rutas, cada una con sus atractivos: zonas en las que hay que caminar por el río, pinturas rupestres, observación de aves, barranquismo, escalada… Pero, para ser nuestra primera incursión y una parada improvisada, no nos podíamos quejar.

Mientras regresábamos a la villa con las tripas crujiendo, comentamos que sería una gran idea volver en otra ocasión. 

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