Ruta Chozos de Bustagil: aventura inolvidable en Babia

El corazón de Babia late al ritmo del viento y del ganado. Fue un fin de semana cualquiera cuando decidimos, un grupo de amigos, explorar una de esas joyas menos transitadas del norte leonés: la Ruta Chozos de Bustagil, en pleno Parque Natural de Babia y Luna. Una ruta que no solo es naturaleza, sino también memoria, arquitectura rural y encuentro.

Fotografía: Pío García

Ruta Chozos de Bustagil

Un alto en Riolago: historia, piedra y silencio

Antes de lanzarnos a caminar, nos detuvimos en Riolago, uno de esos pueblos que parecen detenidos en el tiempo. Está situado a más de 1.200 metros de altitud, en pleno corazón del Parque Natural de Babia y Luna, y conserva una arquitectura tradicional perfectamente integrada en el entorno.

Palacio de Quiñones de Riolago de Babia

Apenas cruzamos su entrada, el Palacio de los Quiñones nos salió al paso, majestuoso, con su planta cuadrada y su escudo heráldico presidiendo la fachada principal. Este palacio, construido en el siglo XVIII por una de las familias nobles más influyentes de León, alberga hoy la Casa del Parque de Babia y Luna. Allí, a través de paneles, audiovisuales y maquetas, aprendimos sobre las peculiaridades ecológicas del parque natural: la fauna emblemática como el oso pardo cantábrico o el urogallo, los ecosistemas de alta montaña, las lagunas glaciares, las brañas donde pastaban los rebaños trashumantes, y la compleja red de rutas y senderos que surcan este espacio protegido.

Palacio de Quiñones de Riolago de Babia

A la salida, con la cabeza aún llena de datos e imágenes, fuimos a visitar la iglesia de El Salvador, de origen románico, sencilla, hermosa y cargada de historia. Se cree que su origen se remonta al siglo XII, y aunque ha sido reformada con el paso de los siglos, conserva su esencia rural. El silencio de sus muros, el grosor de la piedra y el frescor del interior nos invitaron a bajar la voz, como si el tiempo allí dentro caminara más lento.

iglesia de El Salvador de Riolago

El paseo por Riolago nos llevó por callejas empedradas y casas de piedra techadas con pizarra. Se respiraba calma. Algunos vecinos barrían las puertas de sus casas, otros simplemente se sentaban al sol. Nosotros, mochilas al hombro, nos preparamos para la ruta.

Riolago

Ruta Chozos de Bustagil: senderos de piedra y memoria viva

La Ruta Chozos de Bustagil comienza poco después de dejar atrás las últimas casas de Riolago. El sendero arranca con una pendiente suave, entre praderas abiertas que invitan a caminar sin prisa. Desde los primeros pasos, la sensación de inmensidad se adueña del paisaje. A cada vuelta del camino, el entorno se transforma: laderas tapizadas de brezos y piornos, pequeños arroyos cruzando entre los matorrales y, más arriba, los picos que cierran el horizonte como una muralla de piedra.

Ruta Chozos de Bustagil

Caminamos en fila, a ritmo tranquilo. El aire fresco de la montaña nos obligaba a inhalar profundo, como si los pulmones agradecieran cada bocanada. No tardamos en ganar altitud, y con ella llegaron los primeros claros panorámicos. Desde uno de los altos se dominaba buena parte del valle de Babia: un tapiz natural de verdes y dorados, salpicado de ganado en libertad. Vacas y caballos pastaban sin inmutarse por nuestra presencia, auténticos habitantes de estas alturas.

Ruta Chozos de Bustagil

El camino, bien señalizado, discurre en su mayor parte por pista de tierra y senderos tradicionales. No requiere preparación técnica, pero sí cierta resistencia física, especialmente si se realiza en los meses de verano, cuando el sol se deja sentir en altura. A lo largo del recorrido hicimos varias paradas para hidratarnos, contemplar el paisaje y disfrutar de ese silencio que solo se encuentra en la montaña. Un silencio roto a veces por el zumbido de un insecto, el silbido del viento o el lejano repicar de un cencerro.

Ruta Chozos de Bustagil

Una de las cosas que más nos sorprendió fue la variedad de la vegetación. En las zonas más bajas predominan los pastos húmedos, con hierbas altas y floridas. Más arriba, el brezal toma el relevo y da paso a formaciones de roca caliza con líquenes y musgos. Aquí y allá asoman espinos, enebros, e incluso algunas hayas y robles aislados que luchan por sobrevivir en condiciones extremas. El parque natural es un refugio de biodiversidad, y lo notas con cada paso: mariposas que cruzan el camino, aves que surcan el cielo y huellas frescas que nos recordaban que también los corzos y zorros caminan por allí.

Ruta Chozos de Bustagil

Fue una caminata de conexión, no solo con la naturaleza, sino también con nosotros mismos. Es el tipo de ruta en la que los diálogos fluyen con más sinceridad, las risas suenan más limpias y el cansancio se vuelve gratificante. Una experiencia de turismo activo, sí, pero también un viaje emocional por uno de los destinos más auténticos para quienes aman el senderismo y viajar con los sentidos abiertos.

Ruta Chozos de Bustagil

Los chozos son pequeñas construcciones de piedra seca, de planta circular o cuadrada, cubiertas con techumbre vegetal o lajas de pizarra. Eran refugio de pastores y testimonio de una forma de vida que aún resiste en algunos rincones. A lo largo del recorrido, fuimos encontrando varios de ellos. Algunos bien conservados, otros abrazados por la maleza, como si la naturaleza los reclamara para sí.

Encuentro con la memoria: una charla entre montañas

En una curva del camino, junto a uno de estos chozos, nos encontramos con un paisano que descansaba sobre una piedra, con sombrero calado y cayado en mano. Nos saludó con una sonrisa y nos preguntó si íbamos lejos. Le dijimos que hacíamos la Ruta Chozos de Bustagil, y enseguida se animó a hablar. Nos contó que había nacido en Riolago, que de niño subía con su padre a cuidar el ganado, y que conocía cada rincón de aquellos montes. «Antes, esto estaba lleno de gente. Ahora solo subís vosotros, los de las fotos y los mapas», dijo entre risas.

Ruta Chozos de Bustagil

Nos habló del invierno duro, de los lobos que aún se dejan ver, de los veranos cortos y del sabor de la leche recién ordeñada. Escucharlo era como leer un libro antiguo, de esos que no están en las estanterías sino en la memoria viva de quien ha caminado el territorio.

Ruta Chozos de Bustagil

La ruta continuaba entre pastos de altura y pequeñas vegas donde el agua serpentea entre los juncos. El sonido del cencerro era constante compañía, y a lo lejos divisamos un grupo de caballos salvajes. Uno de ellos, curioso, se nos acercó brevemente antes de seguir su camino con el grupo. Fue un momento mágico.

Ruta Chozos de Bustagil

Un final con sabor a pueblo

Tras algo más de tres horas, el camino comenzó a descender suavemente. El paisaje se abrió, dejando ver el valle en toda su amplitud. Al fondo, Riolago nos esperaba de nuevo, como un punto de inicio y de retorno.

Ruta Chozos de Bustagil

Terminamos la jornada en un pequeño bar del pueblo, con queso de Babia, chorizo casero y una buena cerveza fría. Conversamos sobre lo vivido, repasamos las fotos del día y acordamos que la Ruta Chozos de Bustagil era una de esas experiencias que uno guarda en la mochila del alma.

Si buscas un destino donde el turismo aún es pausado, donde viajar significa también escuchar, mirar y aprender, el Parque Natural de Babia y Luna y esta ruta en particular, son una elección perfecta. Porque aquí, más que caminar, se transita por una forma de vida que, aunque se va, aún resiste en las piedras, en los prados, en las palabras de quienes nunca se fueron.

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