Camino de Santiago a Fisterra
Hubo un tiempo en que no había más allá. Un tiempo en que los mares eran terra incognita, morada de dragones y bichas de mágicos poderes, y los océanos se vertían en el vacío por inmensas cascadas atronadoras.
Hubo un tiempo en que no había más allá. Un tiempo en que los mares eran terra incognita, morada de dragones y bichas de mágicos poderes, y los océanos se vertían en el vacío por inmensas cascadas atronadoras.
Todas las ciudades tienen su propia melodía, pero en pocas resulta tan sencillo escucharla como en Praga. Aquí las piedras resuenan con una vibrante e inacabada sinfonía en la que la historia de sus edificios se entrelaza con el bullicio de sus gentes creando una armonía irrepetible.
Zamora es una población hermosa y sosegada, de calles de piedra y edificios señoriales, un espléndido escenario de iglesias, palacios y edificios modernistas. Pasear por su zona antigua es respirar el aroma de una historia milenaria asumida con la naturalidad de la larga experiencia.
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Lisboa está de moda. Es la capital europea con mayor crecimiento turístico de los últimos años. Cada temporada acoge más visitantes e inaugura nuevos hoteles, muchos de ellos palacetes y viejas casonas remodeladas. Con todo, retiene ese aire nostálgico y decadente que hace de cada rincón, callejuela empedrada o taberna un lugar especial.
La Praza de Praterías es uno de los lugares más emblemáticos de Santiago de Compostela, donde se mezclan la historia, arte y turismo en un solo espacio.
Marrakech se extiende a los pies del Atlas como un manto rojizo. Según pasan las horas del día, en sus murallas se reflejan todas las tonalidades del sol. Es la constatación cotidiana de que la ciudad no ha perdido su esplendor, sino que se ha enriquecido con el paso de los siglos.
Hoy he pensado en Córdoba. Así sin más. Bueno, no es del todo cierto. Confieso que ha sido por causa mayor.
Me encanta Galicia. Creo que no podría vivir en otro lugar. Esto es un paraíso. Aquí no nos falta de nada y somos expertos en sobrevivir en las circunstancias más adversas. Desde que empezó el año solo hemos visto el sol una vez, puede que dos. No nos importa.
Por fin he visitado Ourense. Era la única ciudad gallega que me quedaba por conocer. La había atravesado en tren muchas veces, incluso conocía rincones de la provincia, pero la capital se me escapaba.
Desde aquí arriba contemplo el horizonte mientras atardece. No me imagino una forma mejor de poner un punto y seguido a este día que no sea mostrando los infinitos encantos de esta ciudad a mi compañero de viaje. Venir desde Barcelona, a más de mil kilómetros de distancia, ha merecido la pena. Incluso cuando ya no es mi primera vez, aunque sí la de él. La luz nos regala una vista, distinta a cada instante, de esta preciosa obra que construyeron los romanos y todavía hoy preside la primera línea costera de A Coruña.