Los mejores bosques de Galicia: el Teixedal de Casaio, el bosque perdido

Fran Zabaleta
Fotos: PĂ­o GarcĂ­a

El Teixedal de Casaio

Hay ocasiones en que las distancias se estiran y se retuercen como un argumento en boca de un jesuita. El itinerario puede indicar que solo faltan cinco o diez kilĂłmetros para la meta, pero la realidad se muestra mucho mĂĄs tozuda, como si la naturaleza conspirara para mantener oculto su tesoro. En esos casos, cuando nuestro destino parece tan esquivo como las nubes en el desierto, solo nos queda apretar los dientes, asegurarnos las correas de la mochila y seguir adelante, un paso y otro mĂĄs, con la esperanza de que al final, tras ese Ășltimo recodo, culminemos nuestro viaje. Nuestra meta era el Teixedal de Casaio, el Ășnico bosque de tejos que queda en Galicia y el mejor conservado de la penĂ­nsula ibĂ©rica: un asombroso vestigio de Ă©pocas pretĂ©ritas, de cuando, hace millones de años, durante el Terciario, grandes bosques muy diferentes a los actuales cubrĂ­an la Tierra.

El Teixedal de Casaio

Los tejos son asombrosos. Son una de las especies arbóreas mås longevas, pues pueden alcanzar los dos mil años de edad y se habla de ejemplares que han sobrepasado los tres mil. Árbol de madera muy dura, densa, elåstica e imputrescible, de extrema resistencia a la sequía, las plagas y los incendios, utilizada para la construcción de barcos, vigas, arcos o piezas de ebanistería, el tejo siempre ha estado rodeado de leyendas. Sagrado para los celtas, cuyos druidas lo utilizaban para adivinar el futuro, y para los cristianos, que lo plantaban en los cementerios como símbolo de la vida eterna, el veneno que contienen su madera y sus hojas produce la muerte por parålisis respiratoria.

El Teixedal de Casaio

Los celtas del monte Medulio, los Ășltimos defensores de la independencia de Gallaecia frente a los romanos, lo utilizaron para suicidarse colectivamente antes de rendirse al conquistador. Sin embargo, su corteza tambiĂ©n contiene taxol, uno de los mĂĄs potentes anticancerĂ­genos que se conocen, y sus hojas se usaron como antĂ­doto contra las mordeduras de la vĂ­bora o la rabia. Un ĂĄrbol excepcional que un dĂ­a estuvo extendido por toda Galicia pero del que hoy, desafortunadamente, casi no quedan ejemplares, y en ningĂșn caso formando bosques. Salvo en el Teixedal de Casaio, en el municipio ourensano de Carballeda de Valdeorras, en la vertiente norte de las montañas mĂĄs altas de Galicia, el macizo de Pena Trevinca, allĂĄ en la frontera con Castilla y LeĂłn. Nuestro destino.

El Teixedal de Casaio

Era la tercera vez que intentåbamos llegar. La primera, tras recorrer los doscientos cincuenta kilómetros que lo separan de Vigo, nos vimos obligados a retroceder cuando eståbamos a dos o tres de alcanzarlo porque la crecida de los ríos había cortado el camino, haciéndolo impracticable; la segunda conseguimos superar ese punto, pero nos vimos detenidos cuando ya teníamos el bosque al alcance de la vista, apenas a unos quinientos metros, debido a una tormenta de nieve que se nos echó encima.

El Teixedal de Casaio

En esta tercera ocasiĂłn el tiempo acompañaba… pero parecĂ­a que era lo Ășnico que lo hacĂ­a. HabĂ­amos decidido intentar el acceso por otro camino, pero este nos llevĂł directamente a la parte mĂĄs dura del valle del Casaio, un paisaje lunar formado por montañas de escombros (no es una metĂĄfora: literalmente, montañas) de las minas de pizarra que han socavado este paraje hasta sus cimientos. Pese a ir en un resistente todoterreno, la inconsistencia de la pista, abierta directamente sobre las escombreras, y la actividad de los gigantescos camiones y bulldozers convirtiĂł el avance en una actividad de riesgo. Una y otra vez nos veĂ­amos obligados a detenernos y retroceder en busca de otra vĂ­a cuando la pista que seguĂ­amos acababa bruscamente al borde de un despeñadero de escombros. Tras horas de esfuerzo, agotados, hartos, jurĂĄndonos que era la Ășltima vez que lo intentĂĄbamos, conseguimos dejar atrĂĄs las minas y la senda se volviĂł practicable.

Mina de Casaio

Una hora despuĂ©s dejamos el todoterreno en el mismo punto en que nos habĂ­amos detenido la Ășltima vez, a unos quinientos metros de nuestra meta, y nos acercamos al Teixedal por un sendero estrecho e irregular que cabalga por una empinada ladera. De repente, todo habĂ­a cambiado. AtrĂĄs quedaban las pizarras, el esfuerzo, el cansancio. EstĂĄbamos rodeados por montañas, bajo un inmenso cielo azul, envueltos en un silencio preñado de brisas y piares. En el fin del mundo.

El Teixedal de Casaio

Entonces lo vimos. En la ladera opuesta, bordeando el curso alto del rĂ­o San Xil, distinguimos las manchas oscuras de los tejos mezcladas con rebollos, abedules, acebos, robles y serbales. Es pequeño, apenas cuatrocientos o quinientos ejemplares, los Ășltimos resistentes de una historia que se extiende a lo largo de millones de años. Sorteamos el arroyo saltando de piedra en piedra y nos adentramos en el Teixedal con la sensaciĂłn de estar penetrando en un territorio apenas hollado por el ser humano, como si hubiĂ©ramos retrocedido de sĂșbito un puñado de siglos.

El Teixedal de Casaio

O de milenios. La idea de que este bosque ya estaba aquí cuando Colón descubrió América, cuando los romanos conquistaron Gallaecia, cuando nuestros antepasados levantaban dólmenes y mucho antes de que los seres humanos hubieran alcanzado estos parajes nos obligó a guardar un silencio lleno de respeto. En medio de la espesura, en la penumbra, allå donde miråsemos, distinguíamos los troncos centenarios de los tejos, sólidos, sabios, eternos. Ya no nos acordåbamos de lo mucho que nos había costado llegar. Habíamos alcanzado el paraíso.

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El Teixedal de Casaio
Fran Zabaleta